19 julio 2021

Ranas de chocolate - 6

 



6

Eminencias.

Una noche para dejar fluir el espíritu navideño, olvidarse del frio y conocer a gente muy interesante.

Todo el castillo estaba al corriente de la gran y exclusiva fiesta navideña del profesor Slughorn y para Luna Lovegood estaba siendo una velada muy entretenida. Se lo estaba pasando en grande y agradecía mucho a Harry que le hubiera pedido asistir a la fiesta solo como amiga.

Ese día había tenido que soportar alguna mirada de desdén por parte de alguna compañera de su sala común y de otras chicas al parecer muy admiradoras de Harry mientras esperada a su acompañante en el vestíbulo pero, quitando esos extraños encontronazos que suponía iban seguidos de algún comentario no tan velado, a Luna le había hecho mucha ilusión que uno de sus mejores amigos la invitase a una fiesta ya que no pudo asistir al baile de navidad del Torneo de los tres magos.

Estaba conociendo a personajes muy interesantes del mundo mágico, y lo que más le estaba gustando era el poder debatir interesantes teorías conspiranoicas con ellos. Entendía que Harry estuviera tan solicitado esa noche y las veces que regresaba con ella le pedía disculpas por ausentarse, pero Luna le decía que no se preocupara, pensaba que debía ser difícil estar en su posición y como amiga debía dejarle su espacio.

Se dejaba llevar por la conversación, a veces se paseaba por la recargada estancia disfrutando de la música observando con detalle la decoración navideña, los retratos y recortes de fotografías y demás artículos coleccionados por el profesor de pociones.

Se sentía como en un museo. Siguiendo una gran vidriera de imágenes y recuerdos llegó caminando lentamente hacia una esquina del despacho que daba a un balcón con tupidas cortinas y donde podía encontrar una de las muchas mesas de catering que el profesor Slughorn había procurado cuidar al detalle para todos sus invitados. Estaba llena de fuentes con pirámides de aperitivos y bandejas con copas de varios licores y refrescos.

Pudo encontrar una torre llena de dulces típicos de navidad y otra de los más famosos entre los jóvenes. Había una bandeja entera de cajitas de ranas de chocolate y se decidió por coger una. Mientras la saboreaba esperaba ver si podía encontrar a Harry por allí antes de decidirse a coger algo de beber para ella sola. Analizaba la estancia intentando vislumbrarle a lo lejos y tras un rato ahí parada esperaba que su amigo no se molestase por tomar algo ella primero, ya que la sed se había empezado despertar en ella. 

Al acercarse a otra bandeja, se sobresaltó levemente al notar cómo de repente unas manos coincidieron con ella a la hora de coger una copa de la mesa. Al alzar la vista pudo visualizar un elegante traje con solapas, un atuendo casual pero parecía apropiado para esa velada, poco a poco fue elevando la mirada hasta toparse con el rostro de Draco Malfoy, quien parecía contemplarla tan analíticamente como ella lo hacía con él. Este esbozó una media sonrisa irónica y le dijo con suavidad observándola de arriba abajo:

-Vaya... –soltó una leve risa- Ahora al menos esta vez estás despierta para una fiesta, Lovegood.

-Ahora al menos esta vez no me apuntas con una varita –señaló la muchacha en un susurro alejando la mano de la copa que ambos habían ido a buscar con una mezcla de rencor al recordar lo que ocurrió en su encuentro en el lago con el muchacho y de rubor por el comentario, ya que no sabía a qué venía.

El chico frunció el ceño y la miró con incredulidad tras notar que ese tipo de reacción no parecía usual en ella.

Al parecer, ninguno se esperaba el comentario del otro.

Fue él quien finalmente cogió la copa de la mesa, pero no se apartó de ese sitio tal como la chica suponía que haría. Malfoy se bebió la copa casi de un trago y a Luna le invadió una sensación entre sorpresa y desconcierto; el chico no tenía muy buena cara, estaba algo pálido y con aspecto de no haber dormido bien o de que esa noche había tomado algo que… no debió tomar.

-¿Malfoy, te encuentras bien? –le preguntó tras un instante al ver cómo el muchacho no paraba de mirar a todas las esquinas de la estancia, como si estuviera en guardia evitando o esperando a alguien.

-Perfectamente –le dijo apurando el resto de la copa-. Tú no me has visto –susurró acercándose a Luna hablándole al oído y poniéndole la copa de hidromiel entre las manos.

Eso produjo en la chica un pequeño escalofrío. Al separarse de ella él rozó su rostro con un mechón del cabello de la chica. Y los enormes pendientes de la joven centellearon.

Él olía a hidromiel con un toque de menta y ella a chocolate.

 Tras eso, Draco se escabulló por una de las cortinas que decoraban el gran despacho y no dejó rastro. Al parecer no daba la sensación de que el joven Slytherin hubiera sido invitado a la fiesta, ya que cuando Filch pasó cerca el chico reaccionó a toda prisa.  

La chica dejó la copa vacía en la mesa junto con el cromo de ranas de chocolate que le había tocado en la cajita y se quedó mirando a Filch de reojo.

Un instante después, desde el otro lado de la sala escuchó cómo Harry la llamaba:

-Luna, perdona que te haya dejado sola, es que el profesor Slughorn ha empezado a presentarme a antiguos alumnos suyos y sin querer me he entretenido. Lo siento mucho –el muchacho parecía bastante apurado.

-No te preocupes, Harry, es normal –le dijo ella encogiéndose de hombros sin darle importancia al asunto.

-¿Has estado aquí sola todo el rato?

-Qué va… He estado dando una vuelta y charlando con ese vampiro tan interesante, el tal Sanguini, un rato y luego me he entretenido mirando los cuadros de estas estanterías y me he pasado por aquí a ver si te encontraba.

-Oye, ¿te apetece tomar algo? Creo que en la otra esquina me ha parecido ver a Hermione. Podemos dar una vuelta por allí.

-De acuerdo –respondió Luna complacida–. Estaba tan entretenida dando vueltas que aún no he bebido nada.

Harry cogió dos copas, le ofreció una a su amiga y después comenzaron a mezclarse de nuevo entre los asistentes a la fiesta. En ese momento, Luna recordó algo y se dio la vuelta para recoger de la mesa el premio que le había tocado en la cajita de ranas de chocolate y pudo ver medio de espaldas cómo Draco se encontraba escondido entre la puerta que daba al extenso balcón del despacho. Él al percatarse le lanzó a la chica una mirada de desconfianza y Luna se limitó a seguir su camino detrás de Harry.

Ella no le delató, no pretendía meterse en sus desventuras. Mucho más tarde, la chica presenciaría cómo el joven Slytherin era expulsado de la fiesta al haber sido atrapado por Filch, al parecer el joven bajó la guardia, por lo que fue escoltado por el profesor Snape con mucha prisa y expuesto ante las miradas curiosas.

El resto de la noche para ella transcurrió con normalidad, Harry volvió a desaparecer un par de veces pero tuvieron tiempo de escuchar buenas canciones del repertorio de las Brujas de Macbeth y, después de la fiesta, la chica prefirió quitarse los zapatos para regresar a su sala común.

 

08 julio 2021

Ranas de chocolate - 5


 5

Era una tarde oscura y lluviosa, las clases habían transcurrido con normalidad y parecía que a todo el mundo se le había ocurrido la misma idea de refugiarse de aquel temporal en la biblioteca. Todo eran murmullos, sonidos de páginas pasadas, plumas escribiendo, libros encantados saliendo y entrando de su sitio en las estanterías y el continuo y sonoro repiqueteo de las gotas de lluvia cayendo en los cristales junto con el crepitar de las velas y chimeneas que hacía que los estudiantes se envolviesen en un ambiente casi de tranquilidad y protección.

Aunque esa grata sensación no era igual para todos.

Malfoy no solía frecuentar mucho la biblioteca, no era su plan ideal para pasar la tarde. Sabía que en ese momento le venía bien estar en otro sitio más alejado, pero por un lado se decía con pesar que debía actuar con cautela y guardar las apariencias, aunque eso supusiera tener que aguantar otro año escolar en Hogwarts. Ya se había determinado un plan y un futuro para él y su familia… Debía centrarse en la misión o lo perdería todo… Entonces, ¿para qué perder el tiempo en un extenso y tedioso trabajo de Transformaciones? Sentía que estaba inmerso en una fachada, una doble vida, por un lado, la de alumno que perdía el tiempo y por otra, de lo que le depararía llevar esa nueva marca en el brazo… Y, aunque no lo diría jamás en voz alta, aunque hubiera empezado a odiar ese castillo, a veces le gustaba centrarse en su papel de alumno, olvidar la pesada carga que llevaba encima y centrarse en cosas cotidianas del antiguo Draco. Aunque fuera un absurdo y aburrido trabajo en la biblioteca.

Todo eso daba vueltas en su cabeza mientras jugueteaba con una pluma sin tinta entre los dedos. Estaba en ese momento rodeado de su grupo en la zona más alejada de la entrada y del gentío, cercana a la sección prohibida, así que pensaba que podía meditar con tranquilidad en sus siguientes pasos para su misión, ya que los deberes y el trabajo en grupo de aquella tarde en cierto modo le tenían sin cuidado, encontrarían la manera de acabarlo lo más rápido posible, copiando, plagiando o sobornando a alguien competente.

Crabbe y Goyle garabateaban en pergaminos, Zabini estaba inmerso en una obra de su autor favorito, Pansy parloteaba junto con Millicent Bulstrode  sobre el último cotilleo de la sala común de las serpientes y Draco permanecía apartado de todo eso en una esquina de la mesa.

Al principio se encontraba a gusto pero el estrés aumentó cuando empezaron a entrar grupos de estudio de otras casas y el murmullo iba a más. Para su pesar, a un grupo de Gryffindors no les quedó más remedio que ocupar la mesa que los Slytherin tenían a su izquierda y más incómodo fue que ese grupo estaba compuesto por el sucio Potter y su par de amigos. Ahora tendría que aguantar las miradas de desdén de Potter, que parecía que ese año se había propuesto ser una lapa y estar encima de él, espiándole como un detective. Le había dado por creerse el Elegido y Draco solo podía pensar en partirle la nariz otra vez. Además de él estaba viendo que tendrían que soportar a la pesada de la sangre sucia dando un sermón a la comadreja mientras se creía mejor que el resto enorgulleciéndose de ser una rata de biblioteca.

Uno de los motivos por los que había querido sentarse en esa zona era porque tenía la sección prohibida más cerca y podría colarse para buscar alguna idea o inspiración para su pesada misión, pero con esos tres ahora pensaba que le sería más difícil. No podría soportar al cotilla de Potter siguiéndole por las estanterías, pensaba que si se le llegaba a encontrar le lanzaría una maldición...

               Todo era más incómodo aún cuando se empezó a notar que a pesar de los susurros, ambas mesas escuchaban bien lo que se comentaba en la de al lado como si estuvieran todos sentados juntos.

Draco prefirió distraerse tachando libros de la lista que tenía en las manos pensando en un medio para ver cómo los podía coger de la biblioteca sin que nadie se enterase. Su paz se vio definitivamente rota cuando empezó a escuchar una tonta retahíla de comentarios entre Pansy y Granger.

               Al parecer, de repente, la Gryffindor sacó un gran grupo de pergaminos y los fue colocando con cuidado sobre su mesa sin percatarse de que se le había caído de entre el montón un pequeño y antiguo ejemplar de la revista El Quisquilloso, fue a recogerla pero para su pesar, cayó cerca de las chicas de Slytherin y se tuvo que levantar a por ella comenzando así una tonta discusión:

-Esa revista no vale ni para envolver pescado, como para hacer caso a la familia chiflada que la edita. ¿Cómo te puedes fiar de alguien que lleva rábanos en las orejas? –comentó Pansy esperando que la escuchasen bien. Su amiga soltó una leve carcajada y ambas lanzaron a Hermione una mirada de suficiencia.

-Dudo mucho que sepas envolver pescado, pero bueno… -respondió la muchacha. Una cosa era que los Gryffindor pusieran en duda a El Quisquilloso y otra que otros se metieran con Luna, a pesar de qie la chica no solía frecuentar mucho su grupo.

-Te la estás jugando, Granger –advirtió la grandullona de Milicient.

-No me digas –se encaró Ron en defensa de su amiga.

-Se acabó –Hermione lanzó un hechizo silenciador que hizo que los Slytherins no pudieran escuchar  lo que los Gryffindor comentaban en la mesa de al lado y solo se rompía si alguien entraba en contacto con la zona silenciada.

Eso les permitió estar a gusto otro rato, pero las miradas de desdén seguían siendo visibles. Y en ese momento, tras esas breves palabras y la imagen de la revista, Malfoy recordó el último contacto directo que tuvo con Lovegood y sintió algo en su interior que no le gustó.

-Vaya, como si me importase lo que esos leones piensen de nosotros –refunfuñó Pansy reconociendo de qué trataba el hechizo- ¡Pues si hacemos ruido os aguantáis! Que para eso hemos llegado aquí antes que vosotros.

-Pansy –interrumpió Malfoy queriendo que cesara su retahíla y que simplemente se limitara a ignorar a la chusma-. Tengo sed, tráeme agua.

-Enseguida, Draco –respondió la chica dando media vuelta para mirarle y cambiando por completo su estado de ánimo. La joven se levantó obediente.

 

((-Qué penoso es que los Slytherin se consideren tan superiores y que a la vez tengan aptitudes tan machistas –señaló Hermione pasando las páginas de un libro enorme con el ceño fruncido.))

 

-Oíd, no es por nada, pero deberíamos ponernos ya con el trabajo –comentó Zabini al cabo de un rato cerrando su libro.

-Ya te has terminado tu novela, ¿no? –asumió Pansy arqueando una ceja.

-No, me queda un poco, pero es que para leer aquí prefiero irme a los sofás de la sala común… Cuanto antes nos lo quitemos de encima mejor.

-¿Y por qué no lo acabas ya?

-Porque prefiero disfrutar de las cosas que me gustan poco a poco, Parkinson –dijo el chico mostrando una seductora media sonrisa.

-Vaya cosa, con un libro… -añadió Millicient y ambas chicas rieron junto con Crabbe y Goyle.

Aunque las serpientes no podían escuchar nada de la converdsación de los leones la cara de Hermione hablaba por sí sola tras el comentario:

((-¡Por Dios! ¡Esto es una biblioteca…! -dijo escandalizada de la reacción de los Slytherin.

-Pero ignórala -dijo Ron sorprendido de que su amiga entrase al trapo.

-Es que no puedo con ciertas estupideces… -le susurró con exasperación.

-¿Por qué susurras ahora? Si no te oyen –señaló Harry.

-Por respeto a la biblioteca –respondió la chica con solemnidad.))

 

-Vaya, este no es el ejemplar que nos hace falta –comento Milicient- tenemos que volver a por el siguiente número.

-Déjalo –dijo Draco cuando vio que estaban dispuestos a moverse para localizar el libro-, mejor lo busco yo, vosotros acabad de copiar ese pergamino.

Necesitaba ponerse en pie y alejarse de ese estúpido escenario y tanto de sus enemigos como de sus amigos, perderse un poco entre las estanterías, porque si no sentía que sería capaz de empezar un duelo con Potter aunque un hechizo silenciador reinase entre ambos. Aprovecharía para buscar libros sobre venenos y encantamientos que tenía en mente en lo que buscaba el ejemplar para el trabajo. Seguramente tendría que lanzar algún hechizo aturdidor a algún curioso.

zLlevaba ya un buen rato buscando entre varios pasillos y le agradó ir viendo menos gente. Cuando tuvo un par de libros de venenos en su poder y uno  sobre hechizos para la mente decidió buscar un sitio donde ojearlos sin ser observado. Encontró lo que parecía un recoveco una esquina de la biblioteca que formaba un acogedor cubículo de estanterías donde solo podías salir por donde habías entrado. El pequeño espacio estaba iluminado por una gran cristalera con un alfeizar lleno de objetos de decoración: bustos, un globo terráqueo que mostraba las fosas marinas más encantadas un pergamino enorme y  algún trofeo, debajo del mismo había una amplia mesa y una silla. Pensó que era un sitio bastante íntimo donde poder echar un vistazo a lo que había logrado seleccionar. Soltó su cartera en la mesa y empezó a sacar de la misma varios títulos.

Sacó además una cajita de ranas de chocolate, que llevó esa mañana a clase y que se le había olvidado guardar en su dormitorio antes de ir a la biblioteca y se quedó observándola con sorpresa un momento. La dejó apartada a un lado de la mesa y cuando se dispuso a sentarse para leer el índice del primer libro con rapidez una vocecilla le sobresaltó:

-Me parece que, según las normas de la biblioteca, está prohibido comer.

-¡Pero, qué diablos! –exclamó Draco. El chico pegó un salto en su silla y maldijo en voz alta buscando a la causante de su sobresalto, al parecer no se había dado cuenta de que ese rincón ya estaba ocupado, pero podía jurar que al principio no había visto a nadie. Miró a su izquierda y la vio en el suelo:

Luna Lovegood y sus rarezas…

La chica estaba tumbada boca arriba y tenía las piernas apoyadas en alto en la estantería que tenía de frente y sin zapatos: Parecía leer absorta de todo y sin importarle lo que dijesen los que por allí pudieran pasar a buscar algún libro o si por sorpresa decidía pasar la bibliotecaria. Tenía el pelo suelto y desparramado por el suelo y la túnica en sendos tirabuzones rubios, sostenía en sus manos un libro no muy liviano y por lo que él podía apreciar lleno de ilustraciones. Sus piernas alzadas y en cruz, eran delgadas y estaban cubiertas por unas medias negras tupidas y por los pliegues de su falda. Estaba ridículamente cómoda. Y dejaba ver una silueta que al chico no le desagradaba sino que le dejaba extrañado preguntándose por qué la estaba contemplando tanto rato. De repente ella apartó la vista de su libro y le lanzó una mirada que al estar del revés hacía que sus ojos fueran más saltones y el Slytherin reaccionó sintiendo cómo ella le lanzaba un enorme interrogante el cual no supo ni quiso responder, en su lugar se puso a la defensiva:

-No estaba comiendo, pero, ¿qué más te da a ti? –Cuestionó Malfoy esta vez en susurro moderando su sobresalto anterior- ¿Es que acaso vas a delatarme?

-Para nada. Estoy demasiado entretenida leyendo un capítulo sobre las sirenas mitad ave y mitad mujer –dijo Lovegood volviendo a su libro.

-¿Por eso estas bocabajo? ¿Estás esperando a que te salgan alas o aletas? –preguntó el chico con sorna.

-Sería interesante, pero mejor un día que no llueva tanto...

Ahora Malfoy estaba indeciso; por un lado la chica entorpecía su momento para echar un vistazo a los libros, no sabía hasta qué punto podía quedarse ahí sin que ella le observara, y por otro ya había pasado bastante tiempo desde que había dejado a su grupo de Slytherins y no le hacía gracia que la gente le viera compartiendo espacio con Lovegood y se hicieran ideas equivocadas.

Se quedó pensando un instante tapando los libros con discreción por si a la chica le daba por volver a alzar la vista. Aunque se notaba que había bastante distancia entre ellos y que no estaban tampoco a la misma altura para que la chica pudiera ver todo lo que había en la mesa no se quería arriesgar. Sí había visto la cajita de dulces podía darle por curiosear o ponerse en pie.

Draco deliberaba qué hacer mientras contemplaba inquieto la lluvia a través de la ventana.

-Me parece que algo a parte de la tormenta ha interrumpido un importante pensamiento en ti –volvió a comentar la Ravenclaw.

-Lovegood, necesito estar solo –le respondió finalmente en un tono serio.

-Tranquilo. Las tormentas nos afectar a todos, no me molestas –respondió la Ravenclaw pasando una página.

-¡Pero tú a mí sí! Y la biblioteca está llena.

-¿No se te ha ocurrido que podríamos compartir el espacio? Aquí hay sitio para al menos tres estudiantes.

-Tú ni siquiera sabes estar bien sentada, ¿cómo me aseguras que no me vas a molestar?

-Sin embargo, creo que yo estaba aquí antes. Es curioso, porque creo que ya hemos tenido una conversación parecida en otra ocasión… -comentó Luna con la atención puesta en su libro y con un tono más pensativo.

-Oye, no estoy de humor y tengo prisa –obviando el último comentario de la joven con algo de vergüenza.

-Ya veo, parece que estás como la tormenta de afuera. Pero si de verdad necesitas este espacio para trabajar igual que yo, creo que le podrás sacar partido independientemente de que yo esté leyendo en una esquina.

-¿Y eso cómo me lo aseguras? –preguntó él arqueando una ceja cansado.

-Tendrás que fiarte de que puedo ser invisible como algunos me consideran.

-Sí, pero no he hecho más que poner un pie aquí y ya me estás quitando tiempo y cotilleando lo que hago y leo.

-Doy por hecho que tienes libros porque estamos en la biblioteca, pero lo demás es cosa tuya.

-Por Merlín, ¿es que tienes respuestas para todo?

-Según lo que me planteen –contestó la joven encogiéndose de hombros.

               Malfoy sabía que no tenía tiempo que perder. Se limitaría a copiar en un pergamino encantado que solo pudiera leer él algunos títulos de los libros que había seleccionado con mucha discreción, lo que le hizo tardar unos minutos en recopilar algunas notas sin quitar ojo a Lovegood, que parecía que podía evadirse por completo e ignorarle. Pero él trataría continuamente de mostrar una fachada de alumno normal sin sacar nada más de su cartera. No era prudente darle a una chica que frecuentaba la compañía de Potter ningún tipo de información, ni siquiera visual, por lo que debía ser rápido y devolver los ejemplares a su sitio en la biblioteca y regresar con su grupo cuanto antes con alguna escusa.

Por un momento se sintió muy inquieto y observado, pero el resto del tiempo que el chico pasó ahí pareció que la joven mantenía su palabra de que no le iba a molestar más. De vez en cuando él le lanzaba alguna mirada sospechando y reacio a que se pudiera acercar, pero la chica parecía absorta en su lectura y no sabía por qué, pero había conseguido contagiarle un poco esa tranquilidad.

De toda la gente que ese día le andaba dando la lata Luna Lovegood parecía que era de lo menos pesado, aunque por su forma de hablar tan impertinente para él, en otra ocasión en la que no estuviera tan comprometido buscando libros prohibidos o que le dejasen en evidencia, podría haberla amenazado para salirse con la suya y que le dejase en paz, hasta podía haberse quejado a la bibliotecaria para decir que la chica estaba montando un espectáculo con su tonta manera de ponerse a leer.   

Al terminar su tarea, el joven Malfoy simplemente se alejó de ella recogiendo sus cosas discretamente y mirando a la chica con extrañeza cruzó el pasillo, le parecía increíble que pudiera estar ahí tumbada como si nada tanto rato. No obstante, se quedó observándola por un hueco de la estantería para ver qué hacía. En ese momento se dio cuenta de que se había olvidado de recoger la cajita de ranas de chocolate que había sacado de su cartera, pero no le dio importancia a unos simples dulces.

Lovegood en ese momento se empezó a incorporar mirando a su alrededor como si buscase algo o a alguien. Parecía que se acababa de dar cuenta de que el muchacho se había marchado y observando su libro comenzó a ponerse en pie y a buscar mirando entre las cosas que había dejado por el suelo. Se acercó a la mesa y observó la caja de chocolatinas de Draco. Este seguía sus acciones atentamente desde fuera del cubículo en la estantería, viendo cómo se movía de forma patosa y distraída y pensando que se llevaría la caja para ella y se sorprendió al ver que solamente cogió un envoltorio de una de las ranas que ya estaba vacío y lo utilizó como marca páginas para su libro aplastando un poco el cartón. Sonriente, se puso los zapatos, cogió su bolso y se marchó tranquilamente hacia la entrada de la biblioteca con el libro con la página señalada.

El joven Malfoy la siguió con la mirada con incredulidad pensando en el uso tan raro que le daba a algunas cosas y se sorprendió a sí mismo lanzando una leve risa tras toda esa escena presenciada.

“Esa chica es un cuadro…” -pensó                                      

Decidió que definitivamente era momento de regresar con las serpientes y ya volvería a darle vueltas a su plan. 

A lo mejor era cierto eso de que las tormentas afectaban a todos.

30 mayo 2021

Ranas de chocolate - 4

 


4

Era el último día de curso en Hogwarts y esa tarde Luna solo quería meter los pies en el agua y mirar la puesta de sol hasta la hora del banquete final. Dumbledore daría su último discurso para cerrar un curso lleno de emociones y altibajos, a los que ella daba vueltas en su mente en ese momento mientras deshojaba margaritas a la orilla del Lago negro bajo la sombra de un enorme abeto y observaba cómo el calamar gigante saludaba al castillo a lo lejos sacando sus hermosos tentáculos a la superficie -esa criatura le maravillaba-. Sumida en los recuerdos de esas últimas semanas, se estaba dando cuenta de que entre los preparativos para la vuelta casa, estaba agotada y ese rato en el lago era el único momento de paz que tenía para ella en todo el día.

No había dormido nada bien desde que salió de la enfermería. Las heridas aún le dolían. Y ya tenía las maletas preparadas, aunque para ello se había pasado toda esa mañana buscando sus últimas pertenencias por todo el castillo. Empezaba a sospechar que los Nargles no podían hacer tantas travesuras solos. Este año parecía que sus compañeras de habitación estaban más aburridas que el anterior. Se colocó una flor detrás de la oreja como le gustaba hacer con su varita y lanzó un suspiro. Puso otra flor entre la venda que llevaba en la muñeca izquierda. Ya estaba casi recuperada de sus lesiones tras el encantamiento aturdidor.

               Sacó unas cuantas hojas de pergamino del pequeño bolso de tela que llevaba consigo, eran varias copias del mismo papel en el que había una extensa lista de anotaciones desordenadas sobre la serie de objetos que había encontrado por los pasillos esos días para completar su equipaje de regreso a casa. Había ido pegando ese inventario por las zonas del castillo que los estudiantes frecuentaban más con paciencia y ahora ya con el objetivo cumplido los había vuelto a recoger. Con delicadeza empezó a doblar cada papel hasta transformarlo en un barquito e iba metiendo cada pequeña nave en el agua observando cómo se emborronaba la tinta y con un toque de su varita les hizo navegar en círculo uno tras otro y  evitando que se hundieran.

Con cada figurita de papel que echaba al agua posaba en el lago todo tipo de pensamientos. Meditaba sobre todo acerca de que, a pesar de la tristeza que le embargaba en ese momento, podía considerarse una persona muy afortunada. Había conseguido enfrentarse con éxito a otro año sorprendente en Hogwarts. No se dejó derrotar tras haber permanecido largo tiempo bajo la dictadura de una bruja vestida de rosa, y en ese camino había conocido a gente extraordinaria a su parecer que le había enseñado una verdadera magia y, tras haber mirado al mal a los ojos, casi sentía que podía utilizar la palabra “amigos” tras todo lo ocurrido con quienes habían confiado en ella, protegido y arriesgado la vida. Definitivamente, echaría de menos al Ejército de Dumbledore ese verano y sentía que era lo mejor que le había pasado en ese castillo.

Se sumió en ese oficio tan entretenido mientras tarareaba una canción sobre una lechuza que no llegaba a entregar una carta a un mago, hasta que se vio interrumpida por  un sonido que procedía desde un rincón de frondosos árboles que le hizo ponerse en guardia. Comenzó a mirar a su alrededor buscando el motivo por el cual su paz se empezaba a perturbar de nuevo, mirando sobre todo a su espalda. Para ella ese sonido no pegaba con el bosque, sino con un sitio oscuro en el que había estado recientemente. Era el sonido de una magia agresiva que hizo que varios animales se asustasen.

Una bandada de pájaros levantó el vuelo.

Alguien estaba lanzando hechizos, alguien le estaba haciendo daño al bosque. Puede que fuera más de una persona, pero no sonaba como si estuvieran batiéndose en duelo, eso había a prendido a distinguirlo este año. Le pareció divisar varios destellos de varita y por la forma parecía que procedían todos de la misma varita y no había respuesta de un contrario. Y en ese momento, Luna pensó que quien fuera seguro que no sería tan atrevido en el bosque prohibido, o al menos esperaba que no fuera tan insensato.

Una parte de ella se puso alerta, pero la otra le decía que debía mantener la calma y no tenía por qué preocuparse. Aunque empuñó su varita con fuerza.

No había comentado nada a sus nuevos amigos acerca de esa tensión tan extraña que había empezado a notar esos días, la cual hacía que estuviera siempre alerta, más que nada porque pensaba y observaba de primera mano que cada uno lo estaba pasando a su manera y que tenían sus propios problemas -sobre todo Harry- y porque, finalmente, lograba volver a su ser y pensar con tranquilidad hasta encontrar esa voz serena que la hacía seguir adelante con optimismo. Sabía que aunque fueran brujas y magos, seguían siendo humanos y no de piedra con respecto a lo que sentían tras una experiencia tan impactante...

Más sonidos extraños.

 Esperaba divisar algo con claridad en la espesura del bosque y de repente, una silueta se fue acercando hasta el claro donde estaba sentada la chica y en la lejanía salió un muchacho rubio entre los arbustos; arrastraba la túnica del uniforme de la escuela en una mano y con la otra sostenía su varita, caminaba de forma distraída y a la vez enfadada, buscando cosas contra las que descargar esa ira que parecía invadirle.

Cuando se fue acercando un poco más hacia el agua pudo distinguir de quién se trataba; el joven Draco Malfoy no parecía estar de buen humor, aunque eso no era una novedad.

               Al verle, algo le dijo a Luna que no había peligro después de las cosas que había visto en el Ministerio de magia. No era ni por asomo la peor cara de los Malfoy que había presenciado, pero se empezaba a poner un poco más nerviosa que cuando no lograba identificar al intruso del bosque. Ella no se animaba a mirarle directamente pues temía que le vinieran recuerdos que le hicieran recrear ciertos momentos en el Ministerio.

Al parecer, el chico aún no se había percatado de la presencia de la muchacha en la otra punta de la orilla junto al árbol, quizá por las luces del lago al atardecer.

Ella no pensaba decirle nada, prefería observar.

De repente, el muchacho empezó a rasgar su túnica, primero con un encantamiento de su varita y después con sus propias manos hasta hacerla girones, descargando su rabia en la prenda dejando intacto el escudo de la casa Slytherin, el cual decidió guardar en el bolsillo de su pantalón tras observarlo unos instantes y, bajo sorpresa de la muchacha, lanzó el resto de la túnica a lago. Pareció quedarse muy a gusto tras ese acto.

“Luego la rara soy yo” –pensó la chica, preguntándose seguidamente si era posible que le hubiera atacado alguna criatura en el bosque debido al aspecto tan descuidado y poco común en él.

Malfoy lanzó un largo suspiro y pareció entrar un poco más en calma mientras observaba cómo la prenda de su uniforme que acababa de estropear se iba flotando hacia el interior del lago. Deshizo el nudo de su corbata y con ello pareció tener otra sensación de liberación. Recorrió el terreno con detenimiento, como si intentase disfrutar del paisaje y a la vez le estuviera echando una maldición con la mirada hasta que reparó en Luna Lovegood:

-¿Qué haces aquí? –pregunto el chico con un bufido de sorpresa. Al parecer, no esperaba encontrarse con nadie por allí a esas horas y siendo el día que era.

-Hola, Draco Malfoy. Hago barcos de papel –respondió la chica como si fuera lo más natural del mundo y el chico no lo supiera ver mientras echaba otro barquito al agua. Le observó con detenimiento un instante de forma analítica de arriba abajo con más detalle que antes y después siguió con su tarea preguntando: - ¿Eras tú el que estaba armando todo ese jaleo?

-¿Qué más te da, niña? –el se encogió de hombros incómodo por saber hasta dónde había presenciado la chica su entrada a la orilla del lago.

-Bueno, he asumido que deberías ser tú porque vienes del bosque de donde procedía el ruido, tienes cara de enfado y la varita en guardia.

-No estoy enfadado.

-Entonces estás triste –susurró Luna.

El chico pareció no escuchar y apartó la mirada de ella para dirigirla al agua.

-Lovegood, no estoy enfadado, estoy furioso –respondió en un tono muy desdeñoso y de exasperación, recalcando la palabra furioso-. Y lo que quiero es dejar de encontrarme con idiotas como tú y que nadie me dirija la palabra, porque, créeme, será mejor para ti.

-Vale, pero, en mi defensa, diré que yo había llegado antes a esta parte del lago…

-¡No puedo pasear por ningún rincón de este maldito colegio sin tener que aguantar estupideces…! –exclamó dando la espalda a Luna dispuesto a retomar el camino por el que había venido- Qué ganas tengo de perderos a todos de vista.

-Pues por aquí hay unas flores que causan ceguera momentánea… -comentó Luna mirando a su alrededor con ojos curiosos.

-Oye, niña, ¿te estás burlando de mí, o qué? –espetó él dándose de nuevo la vuelta y yendo hacia el árbol donde la chica se encontraba. Fue dando zancadas, algo amenazador, cuando, sin querer, tropezó con una gruesa rama que le hizo perder el equilibrio y caer en una esponjosa capa de hierba.

Malfoy profirió una maldición al viento.

-¿Te has hecho daño? –preguntó Luna dejando lo que estaba haciendo con el papel y los barquitos e incorporándose un poco más hacia donde él se encontraba.

-Anda, olvídame –contestó el chico incorporándose con el orgullo herido. Se sentó en una roca para sacudirse la camisa y los zapatos- ¿Por qué crees que quiero hablar contigo, si eres un bicho raro que se junta con el sucio de Potter?

-Tal vez no sea yo con quien debas hablar, pero no creo que saques mucho provecho destrozando el bosque…

-Vete al infierno…

-Creo que ya he estado… -respondió Luna volviendo a sentarse cómodamente en la posición que tenía antes y dirigió su mirada hacia la puesta de sol.

Entonces él se giró para observarla tras ese comentario y siguió su mirada hacia el agua. Parecía que el sol estaba transformando el paisaje en un lago de fuego. Volvió a posar sus ojos en los de la chica y observó cómo estos se encendían en un gris azulado e intenso bajo la luz.

“¿Es cierto que estuviste?” –se preguntó el chico observando esta vez el vendaje que tenía Luna en la muñeca –“¿Tú? Una niña invisible y sin idea de batirse en duelo...”.

Draco se puso de pie y empezó a caminar hacia donde la chica estaba sentada, observándola muy frágil. Tenía algo raro en la mirada, no parecía tan “Lunática”, pero estaba más rara de lo normal.

-Tranquilo, Malfoy –dijo ella poniéndose en pie y desperezándose-. Se ve que necesitas estar solo un buen rato...-cogió del suelo su bolso de tela, se lo echó al hombro y se dispuso a regresar por el camino de vuelta al castillo, por lo que al mismo tiempo se fue acercando al muchacho. Quedaron a pocos metros de distancia y señalándole al suelo le dijo: -Ten cuidado, por esta zona al ponerse el sol suelen salir duendes.

Él se la quedó mirando entre embelesado e incrédulo. De las pocas veces que se había encontrado con esta chica, nunca sabía cuándo hablaba en serio o si es que siempre le tomaba el pelo a todo el mundo.

Instintivamente, al ver que la Ravenclaw iba alejándose de la orilla y se acercaba a él, el Slytherin, al ver estrechándose tanto la distancia entre ambos, le impidió el paso y alzó su varita apuntándole serio cerca de su fino cuello, lo que hizo que Luna se detuviese en seco y se le quedase mirando a la espera de lo que fuera a pasar.

Ni ella ni él mismo sabían exactamente lo que pretendía hacer. Pero la chica perdió el extraño miedo que podía tener antes cuando irrumpió en el lago al observarle fijamente.

Se quedaron mirando el uno al otro un momento y de repente Luna dijo:

-Qué ojos más tristes.

Ese comentario descolocó e indignó al joven Malfoy. No sabía cómo responderle, por ello, acortó un poco más la distancia con intención de intimidarla. Casi tenía rozando su varita en el fino cuello de Lovegood e intentaba que no le temblase el pulso ni la mirada.

Parecía que cuando más interactuaba con el Slytherin la Ravenclaw iba perdiendo ese miedo. O que todo lo que le transmitía se convertía en pena.

Y entonces ella recuerda algo.

Sin apartar la mirada del muchacho y con delicadeza, Luna empezó a rebuscar en su bolso y sacó una cajita pentagonal en dorado y azul, tenía una ranita dibujada en el centro.

Era una rana de chocolate.

-Toma –dijo sosteniendo la mano libre del chico con cuidado.

Esta vez la chica tenía las manos cálidas, él no se movió ni rechazó el contacto. Automáticamente se dejo llevar.

-¿Qué pretendes? –cuestionó Draco llevando la mirada de los ojos de Luna a la mano que tenía extendida con el regalo que parecía que le estaba haciendo.

-Creo que lo mejor para terminar este día tan malo es algo dulce

-No quiero nada tuyo -dijo Draco con desprecio pero bajando su varita.

-Da igual, quédatelo –ella apartó sus manos del chico y se hizo un poco más hacia un lado y se empezó a alejar de vuelta al castillo mientras él la seguía con la mirada sosteniendo el obsequio de la joven en la mano.

-Recuerda, al anochecer salen duendes –dijo la Ravenclaw como despedida sin darse la vuelta para mirar al joven.

Draco siguió contemplando la marcha de Luna. Intentaba escudriñar en ella algo que notaba extraño. Pero a la vez tenía tantas ganas de que el mundo le dejase en paz que cuando la vio desaparecer entre la espesura del bosque, se dio la vuelta y se dirigió al abeto que la chica acababa de dejar libre y se sentó lanzando otro suspiro.

Esa chica rara había sido la primera persona de la que no había tenido que escaparse ese día para estar tranquilo. Una parte de él no sabía por qué tenía ganas de seguir hablando con ella para entender por qué era así y seguir metiéndose con ella... Pero, ¿por qué?

¿Por qué irradiaba esa absurda calma?

¿Y por qué lograba transmitírsela a él?

Se quedó contemplando el vaivén de los barcos de papel que Lovegood había hecho, seguían dando vueltas uno tras otro en círculos y con un hechizo hizo que se pusieran en fila y navegasen hacia el centro del lago.

Había algo que no entendía, algo que no cuadraba y eso no le gustaba. Pero tenía cosas más importantes en las que pensar, como en su familia.

Miró el dulce que Luna le había dado y esta vez con un hechizo lo hizo levitar hasta uno de los barcos de papel para meterlo dentro y con otro hechizo comenzó a hundir los barquitos uno a uno, como si en ellos viera su futuro.