26 abril 2020

Ranas de chocolate 1




RANAS DE CHOCOLATE

(Draluna)



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1

Un tren atestado de voces.

Ella no presta atención al bullicio ni a las palabras, se deja llevar por el traqueteo, deja que los raíles la lleven al lugar que desde ese día será su segunda casa.
Está en el pasillo en medio de todo.

Al parecer, no hay sitio para ella y sus revistas en ninguno de los compartimientos, pero piensa que a esas horas se lee mejor fuera con la luz natural entrando por las ventanas sin cortinas. Lo malo será cuando anochezca y baje la temperatura y deba ponerse la túnica. Pero, por otro lado, será la primera en enterarse de cuándo pasa la señora del carrito de los dulces.

Siempre se ha arreglado muy bien sola, pero debía de admitir que en casa la soledad se vive de una manera más placentera que en ese pasillo.

Se había despedido de su padre con una gran sonrisa en el rostro y el corazón lleno de emoción por la nueva aventura que se le presentaba, y pensaba que este primer traspié de no haber logrado conseguir un buen sitio en el tren solo era eso, algo que no ensombrecería su viaje por nada.

A pesar de todo, se encontraba cómoda, había logrado conseguir la postura adecuada en la esquina junto a la puerta que conectaba un vagón con otro, colgaba su chaqueta en uno de los pasamanos de la ventaba, llevaba puestas sus espectrogafas de color rosa, a un lado tenía su mochila repleta de llaveros y amuletos de recuerdo de muchos viajes que le hacían pensar qué otros recuerdos podría encontrar en el castillo de Hogwarts durante el tiempo que iba a pasar en él y donde los pondría, y a su otro lado pegado a la ventaba tenía esparcidas varias revistas y un cuaderno de dibujo. Había pintado en él durante las primeras horas del trayecto varios seres mágicos que según ella pululaban por el pasillo y sin las gafas que llevaba puestas serían muy difíciles de detectar.

Algunos alumnos del vagón habían estado cruzando el pasillo de un lado para otro, para ir a charlar con los de otros compartimientos o para ir al servicio. Siempre veía pequeños grupitos de gente, pero nadie parecía reparar mucho en su presencia.

En esos momentos ya todos los pasajeros se habían acomodado y acostumbrado al tren. El sol brillaba a pesar de que en Londres hacía mal tiempo y todos habían encontrado cómo pasar sus horas de viaje al menos en esa zona.
Tenía las piernas cruzadas para dejar paso a quien apareciese, pero aún así casi la pisan en el momento en el que la puerta del vagón se abrió de repente y una voz la sacó de su lectura de un sobresalto:

-¡Eh, mira por donde andas, niña!

-Curioso que seas tú quien lo diga, ya que no soy la que se ha movido… -respondió despegando los ojos de su revista para identificar al portador de los relucientes zapatos negros que acababan de hacerle una carrera en sus medias estampadas con ojos de todos los colores... sus favoritas por el momento.

-Estás en medio del pasillo, ¿cómo no quieres que te lleve por delante?

-Deberías mirar hacia el suelo con más frecuencia, a estos bichitos les gusta meterse dentro de los calcetines –dijo ella señalándole una ilustración de la página que estaba leyendo mostrándole un dibujo de lo que parecía un ciempiés con alas.- Por eso suelo llevar medias.

-¿Y el cerebro, te lo sueles poner de vez en cuando? –espetó el chico observando la página de la revista entre asqueado y analítico.

-Te aseguro que tú si lo llevas porque ahora mismo tienes unos cuantos Torposoplos flotando alrededor de tu cabeza –contestó ella quitándose unas gafas de un estilo algo hippie y que le quedaban algo grandes ignorando la bordería que desprendía el niño de pelo plateado.

-¿Pero tú de dónde diablos sales? –volvió él a ponerse a la defensiva esta vez observando a la niña más detenidamente y al pequeño campamento que había montado en la esquina del pasillo, el cual, no sabía por qué, pero le desconcertaba tanto que le empezaba a poner de mal humor viendo lo que para él solo era desorden. Sentía que eso no debería pasar en el tren, algo en ella no pegaba en ese lugar- … ¿Te has escapado de San Mungo o qué?

-No. Soy de primero. Me llamo Luna Lovegood. ¿Y tú?

El muchacho arqueó una ceja y se dispuso a seguir su camino tratando de ignorarla. Empieza a caminar por el pasillo asomándose con discreción a las ventanillas de los compartimientos procurando que nadie más reparase en él y que la mayoría tuviera las cortinas echadas.  

Ella entonces le sigue con la mirada e ignorando la falta de respeto e indiferencia que le está mostrando le pregunta:

-¿Tú tampoco has encontrado un sitio?

-¿Qué? Por favor, yo soy un Slytherin, ¿no lo ves? Yo siempre encuentro a los míos. Soy un alumno privilegiado –decía mientras le enseñaba orgulloso los colores de su túnica y el escudo con la serpiente grabada – Y ahora, guarda silencio, tengo una tarea que hacer.

-Vaya… Qué bien. Yo no sé en qué casa me podría tocar.

-Pues ojalá no tenga que verte en Slytherin. Y menos si vas a estar siempre tirada por el suelo y en medio de todo.

-No tengo preferencia… -dijo ella encogiéndose de hombros- Me parece emocionante no saber dónde me tocará.

-Muy bien, me da igual. Te he dicho que estés en silencio, niña…
Él mira el reloj que hay encima de la puerta sobre la cabeza de Luna Lovegood y ella sigue sus movimientos con curiosidad.

-Debe de estar al caer… -murmura él.

-¿Esperas a alguien?

-Podría decirse, ¡cállate!

Desde el otro extremo del vagón la puerta del pasillo se abre dejando ver un enorme carrito lleno de aperitivos y la menuda figura de una señora caminando hacia atrás varita en mano haciéndolo levitar para posarlo con cuidado en el pasillo de ese vagón 

-¿Algo del carrito, niños? –exclamó la señora.

Y de repente, como si se hubiera accionado un botón, las puertas de todos los compartimientos de ese vagón se abren casi al mismo tiempo dejando ver a grupitos de alumnos de diferentes cursos y casas que salían a hacer cola para comprar. El bullicio crece y las conversaciones se entremezclan. El espacio se llena enseguida de gente y a la señora regordeta del carrito casi ni se le ve desde la esquina en la que Luna está sentada. Ella ve como el chico Slytherin muestra una mirada pensativa, como si estuviera en medio de una partida de ajedrez y estuviera pensando en su siguiente movimiento.

Los alumnos hacían cola, impacientes y hablando de lo que les apetecía comprar, contaban monedas y se apretujaban. El Slytherin quitaba a la gente de su camino a empujones y con cara de desdén. Algunos se apartaban por si solos, al parecer reconociendo de quien se trataba.

Luna estaba pensando que a lo mejor debería aprovechar la ocasión para comprar algún aperitivo para el largo camino que quedaba aún. Pero esperaría a que todo el mundo terminase sus compras y que la señora llegase hasta el extremo del pasillo donde ella estaba, además no quería que sus cosas se extraviasen entre la multitud o que alguien las pisara. Le había parecido escuchar a un par de Nargles, pero eso sería muy extraño porque por ahí no había muérdago.

Quiso poner atención de nuevo en su revista, pero en ese momento nota algo extraño, algo le tapa la luz, había cambiado de repente, una gran sombra cruzaba por ese lado del vagón. Extrañada, alza de nuevo la cabeza para comprobar como la mayoría de niños deshacen la fila para pegarse apresuradamente a las ventanas exclamando y poniendo cara de asombro. Nadie daba crédito a lo que veía:

-¡Mirad eso!

-¿Qué es?

-¿No será un dragón?

-¿Qué dices? ¡Es un coche muggle!

-¡Pero está volando!

-¿Pueden hacer eso?...

-¿Y por qué no van siempre así entonces?
-No, hombre. Claro que no pueden… Se supone que ninguno puede.

-Parece que va solo.

-No sé, no se ve nada desde aquí.

-¡Jo, acaba de pasar rozando las vías!

-¿¡Y si se estrella!?

-¿Tiene vida propia?

-¿Pero entonces pueden o no pueden volar?

-¡Que no! Lo tienen que haber hechizado…

-¿Será una broma?...

Luna Lovegood se incorporó para observar el paisaje y ver si en realidad se trataba de una nueva y extraña criatura. Todos seguían el coche con la mirada lanzando comentarios de desconcierto y asombro. Ella se desilusionó un poco al comprobar que efectivamente era un coche muggle, pero imaginaba que podría ser también algún ser cambia-formas que adquiere la imagen de objetos comunes para pasar desapercibido… Aunque, si se trataba de eso en realidad, al cambia-formas no le serviría de mucho esa técnica de camuflaje con un objeto de tal magnitud... Empezaba a divagar en esos pensamientos mientras seguía observando la escena cuando volvió a recibir otro empujón, esta vez de los alumnos que tenía pegados a su derecha echando el aliento en el cristal. Ella ya algo más agobiada, se echó para atrás pensando en la curiosa escena. El coche muggle se iba alejando cada vez más del tren, pero los niños seguían entretenidos y sin acabar de entender lo que veían y haciendo bromas al respecto. Casi se les había olvidado para qué habían salido al pasillo.

En esos momentos, el chico rubio de Slytherin aprovecha la distracción de sus compañeros de escuela para caminar de nuevo por el pasillo y en su paso volvió a chocar con Luna, lo cual provoca que la niña observe la extraña escena más detalladamente con todo el mundo echado a un lado del vagón:

La señora del carrito comentaba con unos alumnos que parecían de cursos más elevados las cosas tan peculiares que se solían ver viajando en el Expreso de Hogwarts, por lo cual, no se percata de que le están sustrayendo por medio de un encantamiento una bolsa entera de lo que parecen cajitas de ranas de chocolate. 

El chico rubio de Slytherin se guardó el botín en un bolsillo de la túnica y su varita en el otro.

Cuanto el espectáculo del coche volador perdió interés y se escondió entre las montañas y árboles del paisaje, todo regresó a la normalidad y los presentes volvieron a lo suyo.

A la niña en ese momento se le quita el hambre y surge en ella un conflicto interno por lo que acababa de presenciar. Permaneció de pie con la revista en las manos.

Cuando la cola se disipó y cada alumno regresa a su sitio, el chico rubio deshace su camino y se acerca de nuevo a la puerta del vagón por la que había entrado analizando el carrito disimuladamente y mostrando estar muy tranquilo. Observa también a la niña extravagante y le lanza una mirada amenazadora cuando la señora se acerca a ellos y les pregunta si quieren comprar algo. Sabía que le había visto.

Luna niega con la cabeza y le da las gracias para, seguidamente, mirar de nuevo al niño serio que se cruza de brazos y responde que tampoco quiere nada.

La mujer hace levitar el carro de nuevo para pasarlo por la puerta y cuando esta se cierra tras de ella el chico suelta una risa y un gesto de suficiencia.

-Le acabas de robar una caja de ranas de chocolate a la dependienta –comentó Luna, pero para sorpresa del chico el tono era más de curiosidad que de reproche. No se la notaba escandalizada por lo que acababa de ver.

-Cierra la boca. Así es más emocionante. Además, ¿qué harás? –el chico se acerca más a ella, le saca una cabeza de altura, y le susurra de forma muy arrogante y algo amenazadora- ¿Vas a ir a decírselo? Puedo decir perfectamente que has sido tú.

Ella se queda en silencio, pensativa y cabizbaja. Decidió sentarse de nuevo en el suelo.

-Eh, Draco, ¿lo tienes? –preguntó otra voz. Luna vio como desde la puerta se asomaba otra cabeza de otro chico de cara rechoncha con túnica de serpiente y supuso que sería amigo del niño ladrón.

-Por supuesto, ¿pensabas que me iba a rajar?

-Haces muchas preguntas… -comenta Luna desde el suelo.

-Vale, venga, ahora se lo podremos restregar a esos de quinto curso –dijo el chico grande ignorándola.

-Pero, por favor, Crabbe, no te cebes como siempre y menos delante de ellos. Me dejas siempre en ridículo cuando comes con Goyle como un cerdo.

-Vale, pero me guardaré unas para nosotros antes de que las lleves al vagón de Slytherin.

-Ah, o sea que era una apuesta sucia… -volvióa intervenir la niña.

-¿Y a ti qué te importa, niñata? –respondió el chico llamado Draco ya cansado de la situación- . Mete la nariz en ese librejo y piérdete. No vas a decir nada, porque si no nos encargaremos de hacerte el curso insoportable te toque en la casa que te toque.

Mientras el chico gordito abre la bolsa deja caer al suelo unos cuantos pequeños paquetitos de ranas de chocolate que con el traqueteo del tren botaron hasta los pies de Luna. Entre los dos muchachos comenzaron a recogerlos a prisa.

La chica se incorporó para ayudarles dejando su revista en el suelo también y en lo que miraba hacia abajo para buscar las ranas vio que una había salido de su cajita y se disponía a dar un salto. Luna la cogió al vuelo adelantándose al chico rubio que en ese momento tenía cara de fastidio y al agacharse para cogerla también se había quedado con una mano apoyada en el brazo de ella.  

-Dámela –exigió él.

-Bueno, no tendría por qué. Técnicamente no es tuya, ya que se la has robado a la señora del carrito…

-¡Bah! Quédatela, ya la has tocado…

Iban a incorporarse cuando en ese momento él se dio cuenta de que aún seguía posando la mano en ella. Se miraron un instante de suspense a los ojos; Ella esbozando una media sonrisa y él arrugando la nariz por haberse atrevido a analizar cómo eran sus ojos sin las gafas rosas. La soltó de golpe, se giró y exclamó dirigiéndose a su amigo que luchaba por cerrar la bolsa:

-Maldita sea, Crabbe, vas a ir regando el pasillo de chocolate. Si quieres ya nos delatamos del todo, imbécil… ¡Fuera de mi vista!

-Qué poco agradable…-musitó Luna volviendo a su sitio.

Ambos chicos cruzaron de nuevo la puerta del vagón para regresar a sus asientos victoriosos, pero el muchacho rubio giró la cabeza para mirar por última vez a la extraña muchacha y lanzarle una última señal de desdén, intuye lo que acababa de decir y ella se despide haciendo un gesto de adiós con la mano mientras que él se limita a correr la cortina de la ventanilla de la puerta para no verla más.

Luna no se movió de esa zona del pasillo durante un largo rato y el niño Slytherin no volvió a pasar por ahí.

Una parte de ella se siente muy mal por haber dejado que el chico de pelo rubio se saliera con la suya y haber hecho como si nada hubiera sucedido delante de la pobre señora de los dulces que en esos momentos estaría echando en falta una gran bolsa de dulces, por lo que pensó en ofrecerle la ranita de chocolate a alguien del vagón. Cogió la caja y observó el cromo que venía con ella:

 Le había salido “El niño que vivió”.

Pensó que nadie querría la ranita si ya había saltado y sin envoltorio, así que se la comió ella. Con un ligero aunque dulce remordimiento. Y se guardó el cromo aunque no erá muy aficionada a coleccionarlos.

Se preguntaba si se le ocurriría pasar a Harry Potter por esa zona buscando el carrito de dulces, así su viaje seguiría siendo curioso. Pero la única persona que la sorprendió de nuevo fue un prefecto de Gryffindor de cabello pelirrojo y de semblante serio, que con un tono bastante estricto, le echó una reprimenda preguntándole que cómo se le ocurría quedarse en mitad del pasillo obstaculizando el paso al resto de sus compañeros. Luna quiso explicarse, pero el muchacho con tono repipi no aceptó argumento alguno, le citó varias normas de seguridad del tren y le ordenó que se levantase para ayudarla a buscar un asiento en los primeros vagones. Continuó diciendo que, si no había encontrado ningún sitio libre, es que no había buscado como es debido. Ella prefirió no discutir y seguirle por los vagones con su mochila a la espalda…

En ese momento ve sorprendida cómo el mismo coche de antes pasa volando al lado de las ventanas de nuevo y sonríe, sin embargo, el otro muchacho parece tan concentrado en citarle las normas del reglamento de los alumnos de Hogwarts al ser nueva, que no repara en la escena.










19 marzo 2020

La oculta

LA OCULTA


-- Hector Abad Faciolince. --

"Que me imaginara que un día —por una tormenta solar, por un meteorito, por una catástrofe informática— nos quedáramos diez años sin electricidad; no habría gasolina, ni alimentos, ni noticias, ni nada. En las ciudades la gente se mataría del desespero, la ira y el hambre. Solamente se salvarían los que tuvieran una finca y tierra para cultivar, caballos para moverse, vacas para ordeñar, cerdos para engordar, gallinas para huevos y leña para cocinar. O que pensara en un virus como el ébola, pero que se contagiara por el aire; también habría que esconderse de la peste en un sitio apartado, como en la Edad Media. En cualquier momento podría volver el instante en que los hombres estuvieran solos con sus manos otra vez, sin técnica, frente a la naturaleza, como en el pasado más remoto. Y que por eso teníamos que defenderla como fuera, siempre, como si pudiéramos volver a ser como los indios del Amazonas y como los primeros hombres, nuestros antepasados. Yo ni siquiera le entendía bien, pero hablaba, me parecía a mí, como un profeta de la Biblia que anuncia una desgracia y al mismo tiempo dice, en el día del Diluvio,"


"Recuerden que no son más pero tampoco menos que nadie. Traten de vivir entre iguales; trabajen pero no manden, ni tampoco obedezcan”. Esta misma recomendación, que todavía seguimos en la casa, es la que hace que nos quieran y nos odien. Más que mandar, explicamos, pedimos; y más que obedecer, decidimos si lo que nos piden es razonable, se puede hacer y está bien pedido. Ser desobedientes y poco mandones, en un país de peones y capataces, siempre ha sido algo extraño, atípico, antipático. No nos gusta que otros nos hagan las cosas, pero tampoco hacer las cosas de los otros. Preferimos hacerlo todo con las propias manos, y si necesitamos ayuda, de todas maneras somos los primeros en meter el hombro. Y metemos el hombro por otros, siempre y cuando ellos también trabajen y no se queden mandando y mirando, como si fueran de otra casta o de mejor familia. Eso no lo aguantamos."



Entrevista al autor Hector Abad en la revista SoHo:

Describir un rostro que estamos viendo, pintar una casa o una montaña real con palabras, incluso solamente hablar de un perro muerto, es ya una forma de imaginar. Escribo: “Tengo un perro, se llama Gaspar; es manso, es amarillo. Ladra, pero no muerde. Si me tiro a nadar en el lago, Gaspar se tira también y nada conmigo”. Lo que se forma en la mente del lector a partir de estas palabras, ¿es real o imaginado? Es verdad que yo tuve un perro que se llamaba Gaspar, que era bueno y manso, y que no tenía problemas en arrojarse al agua si le tiraba un palo para ir por él y traérmelo. Este perro se quedó a vivir en mi memoria por una coincidencia que me intrigó mucho tiempo.

Una vez tuve cólicos por cálculos biliares y me sacaron la vesícula; el mismo día, durante mi operación, Gaspar se murió en la finca. Cuando lo supe, al despertarme de la anestesia (esa especie de muerte), pensé en una frase que decía mi abuelo cuando se le moría un animal: “Me cambiaron la sentencia en el cielo”. Así se consolaba él de la pérdida de un caballo o un ternero: en vez de morir él, o alguien de su familia, había muerto un animal. Era una forma imaginaria del holocausto a los dioses: algo antiguo, griego, romano, judío, azteca: se les sacrifican animales a los dioses para no morir. Durante mucho tiempo tuve el pensamiento mágico de que Gaspar me había salvado la vida. Por eso a Eva, en La Oculta, de alguna manera, la salva también un perro.

¿Qué es todo esto que estoy diciendo? ¿Recuerdo, imaginación, fantasía, análisis? Es todo lo anterior al mismo tiempo. Vivimos en un extraño mundo mental en que las cosas reales se mezclan con las cosas imaginadas (mágicas), en que los recuerdos se adaptan a un relato. En La Oculta, el personaje Eva está vagamente inspirado en una hermana mía, Clara. Clara no ha tenido nunca perros. Sin embargo, en La Oculta, Clara lee en una hamaca y a sus pies hay un perro que se llama Gaspar. Un labrador dorado que se tira a nadar con ella cuando ella nada en el lago. Mi hermana Clara a duras penas sabe nadar; nada, pero muy mal. En La Oculta, Eva se escapa de unos asesinos nadando por el lago. ¿En qué momento el perro del recuerdo se convierte en un perro de la ficción? ¿En qué momento mi experiencia de nadar se traslada a un personaje? Si yo no supiera nadar, Eva tampoco sabría nadar, creo. Por eso mi hermana Clara, encarnada en Eva, en la novela sí sabe nadar. Y aguanta debajo del agua mucho más de lo que aguanto yo. Lo bueno de un personaje es que puede ser mucho mejor o peor que quien lo creó.

Mis hermanas y yo tenemos una finca en Suroeste, con vista al río Cartama y a los farallones de La Pintada. Queda en jurisdicción de Támesis (que antes fue de Jericó), y la aldea más cercana se llama Palermo. Esta finca era de mi abuelo y cuando era de él tenía 160 cuadras (lo que en el altiplano llaman fanegadas). Como mi abuelo tenía ocho hijos, al morir él a cada hijo le tocaron 20 cuadras. A cada parte de una herencia, en Antioquia, la llamamos hijuela. La hijuela de mi padre, por decisión de sus hermanos, fue el terreno que contenía la casa principal. Mi abuelo falleció en el año 81. Mi padre tuvo esa finca seis años, hasta que lo mataron. La casa era vieja y estaba medio caída. Mi hermana mayor, Mariluz, se encargó de arreglarla, de volverla habitable. Como era en tierra caliente, le construimos una piscina. El día que nos entregaron terminada la piscina, el 25 de agosto del 87, mataron a mi papá. Mi papá no llegó a conocer la piscina: iba a conocerla ese diciembre, en vacaciones.

Una finca con una piscina no me parece nada romántica. Puede ser cómoda, agradable, pero es casi una cursilería. Mi abuelo no habría construido jamás una piscina: la finca no era para disfrutarla sino para sacarle provecho. Para él, el concepto de finca de recreo era inconcebible, ridículo: las fincas estaban hechas para trabajarlas, para que dieran el sustento, no para divertirse en ellas. Por eso en la vieja casa de La Inés había un solo baño con un inodoro y un chorro de agua helada. No había luz; se prendía una planta Pelton por la noche, de seis a nueve; después se apagaba la Pelton y todos a dormir. La finca había sido del padre de mi abuelo —a quien nunca conocí— y la había heredado la madre de mi abuelo, a la que conocí en Jericó cuando tenía casi 100 años.

La bisabuela, Mamaditas, vivía en una casa grande en el pueblo, con un patio central y muchas flores. Hacían huevos fritos en manteca de cerdo. Eso es todo lo que recuerdo. Nada. Yo no sé si La Inés había sido del padre del padre de mi abuelo; supongo que sí. No hay escrituras que lo demuestren. Ahora en la casa de La Inés hay muchos baños y sale agua caliente. Hay energía eléctrica: neveras, ventiladores, hielo. Nada que ver con la finca de mi abuelo. Bueno, el cascarón es el mismo, y la estructura en forma de H de la planta de la casa, y el color rojo y blanco, pero poco más.

Cerca de La Inés, a media hora a caballo loma arriba, unos primos míos tienen una finca que no se llama La Oculta, sino Calamarí, pero todo el mundo le dice La Oculta a esa finca. Mis primos son dos mujeres, una casada y otra soltera, y un hombre, gay. Ellos no eran el modelo de mis tres narradores (Antonio, Pilar y Eva) cuando escribía La Oculta, pero quizá mi inconsciente sí fue influido por el recuerdo de ellos. Hay una fonda que se llama La Oculta; hay otra fonda que se llama La Rienda…

Hubo una hacienda por allá que se llamó La Oculta y, según mis primos, esa hacienda era de don Abad, el antepasado mítico de la familia. No sé si eso será verdad; tiendo a creer que no, que es solo un mito familiar. Hay una casa vieja de un señor Correa que se cae a pedazos (tal como La Inés cuando la recibimos), y se dice que esa es la vieja casa principal de La Oculta verdadera. Es de tapia y tiene corredores amplios de piso de baldosas de barro; tiene un solo baño, como la finca de mi abuelo cuando la heredó mi papá. Esta casa es blanca y roja, del mismo color de la casa de La Inés. En Calamarí, la finca de mis primos, hay un lago que en la región se conoce como el lago (o la laguna) de La Oculta. Echen todo lo anterior en una licuadora mental. Sale una sopa densa. A esa sopa densa la podríamos llamar novela.

Otros rastros diurnos, reales, del sueño que en el fondo es una novela: tengo un cuñado gay que vive en Nueva York y está casado con su pareja. Ellos viven en Harlem. Ni él se parece a Antonio ni su pareja se parece a Jon. Yo no soy gay, pero pude haberlo sido. Si uno lo piensa bien, uno puede haber sido todas las cosas: mujer, gay, hermafrodita, transexual. Basta pensar un poco (pensar es imaginar) para darse cuenta de que la vida que tenemos es una entre muchas otras posibles. Al menos así piensa un escritor. Escribir, poner en palabras, ya es imaginar. Todo es ficción, así todo esté tomado de la realidad. Antonio, en Nueva York, le inventa un pasado a la finca que heredó de su padre. La vuelve una cadena de herencias (de hijuelas) que se transmiten de padres a hijos durante 150 años, desde la fundación del pueblo, Jericó. En la novela se dice que hace historia, pero en realidad inventa. Inventa la verdad de la ficción, así se base en historias (reales o inventadas a su vez por los historiadores) del pueblo. “También la verdad se inventa”, dijo don Antonio Machado.

Al lado de Calamarí hay otra finca sin nombre que también tiene un lago. El dueño de esa finca se llama Ismael Restrepo y es un gran nadador. A veces yo nado con Ismael en una piscina, en Medellín, o en el lago, en la finca de mis primos (no nadamos en el lago de Ismael, porque Ismael le tiene alergia al agua del lago de su finca, así es la vida). Un día, yo estaba escribiendo La Oculta en La Inés y me llamaron de la finca de Ismael: se había ahogado un señor. Yo subí a buscar al ahogado y lo encontré debajo del agua. Creo que es Eva la que encuentra un ahogado en el lago de La Oculta, o quizá haya sido Antonio, ya no sé. Uno le traslada la propia experiencia a cualquier personaje. Yo toqué esa cabeza muerta debajo del lago; ayudé a sacar al ahogado más triste del mundo. Morado, negro, con una mueca de terror en el rostro. Todo esto es verdad, pero puesto en el papel parece mentira. También es verdad que en el lago de La Oculta se ahogó el poeta Amílcar U, el nadaísta que no sabía nadar.

Hace poco se murió Nicanor Restrepo Santamaría. Él decía que su apellido Santamaría era judío, de marranos españoles; al mismo tiempo era muy católico, y Caballero de la Orden de Malta. Él me contó la historia, seguramente inventada, de una abuela buscando los orígenes nobles de su apellido en España, y topándose con un rabino. El invento de Nicanor se trasladó a La Oculta. Un historiador que uno no sabe si fabula o se documenta o simplemente oye chismes y los cuenta, o las tres cosas juntas, me contó la historia de los Echeverri y los Santamaría que fundaron a Jericó. A veces, la voz de Antonio es la voz de este historiador que se llama Roberto Luis Jaramillo. Escribo lo que oigo y lo que recuerdo, y como recuerdo mal lo que oigo, sé que estoy escribiendo una novela. La está escribiendo mi memoria, mi mala memoria. Lo que importa en una novela no es la verdad, sino que le crean a uno la mentira. Si no te creen, la novela no es buena.

Pilar, la otra narradora de La Oculta, está inspirada en mi hermana Mariluz. Mi hermana Mariluz se casó virgen, siempre ha tenido el mismo marido, que es un santo y se llama Fernando. Él, en el libro, se llama Alberto. Pilar y Alberto, en la novela, viven en La Oculta. Mariluz y Fernando, en la realidad, quieren vivir en La Inés, pero no viven en La Inés. Pasan allá muchas semanas y Alberto-Fernando poda y abona los naranjos y los mandarinos. No es verdad que Fernando —como Alberto— viva con dolor de muelas. Pero a mí me parece que los personajes de la ficción deben tener dolor de muelas. Un personaje sin dolor de muelas no es real. No hay nada más real que un dolor de muelas; por eso hay que inventárselo.

La Inés no es La Oculta. El paisaje de La Inés todavía está intacto porque los dueños de la tierra que está al frente de La Inés, al otro lado del río Cartama, son una familia de mafiosos redimidos: los Ochoa. Para el paisaje, los mafiosos terratenientes son mejores dueños que los pequeñoburgueses. Los mafiosos pertenecen a un orden económico feudal: son señores de grandes extensiones e imponen su voluntad a la fuerza. Los pequeñoburgueses, que pertenecemos ya a un orden económico capitalista, hacemos pequeñas piscinas azules en horribles finquitas de recreo. Cursis. Mis primos de Calamarí no hicieron piscina sino un lago artificial; lo hizo el padre de ellos, ingeniero, en los años cuarenta del siglo pasado.

Una finca con lago es como un personaje con dolor de muelas: es más real, es más miedoso, es más interesante. Una finca con piscina es una cursilería. Para que la novela no sea cursi, en La Oculta hay lago, un lago más grande que el lago de Calamarí, y Alberto tiene dolor de muelas, así mi cuñado tenga unos dientes perfectos. La finca de la novela se llama La Oculta y no La Inés, simplemente porque La Inés es un nombre mucho más feo que La Oculta.

Por último, la verdadera fuente no ficticia de esta novela es la felicidad real que mi familia siente y ha sentido en La Inés. Mi mamá, que está viva y no muerta como la Anita de La Oculta, nos ha hecho pasar en esa finca algunos de los momentos más felices de nuestra vida. Cada año (todavía hoy, a sus 90 años), ella merca para todos, manda un camión con comida, bebida y aguinaldos para todos, y desde hace decenios pasamos allá unas navidades maravillosas de 40 personas que gozan y pelean, que beben y juegan, que conversan y ríen y gritan, que cantan y nadan, que montan a caballo y en bicicleta, que caminan y trotan, que brincan y se enferman, que siembran y recogen, que cocinan y duermen y hacen el amor y trasnochan o madrugan. Es esa vida simple y muchas veces feliz, alrededor de mi madre, una vida que cada año está a punto de disolverse, la verdadera fuente real de La Oculta. Si Anita se muere en la novela, es para que mi mamá no se muera en la realidad; si La Oculta se pierde en la novela, es para que la realidad de La Inés se conserve.






28 octubre 2019






10


¿DÓNDE ESTÁIS?


-El desayuno, niña. Es la comida más importante del día. Y con el golpe que te diste anoche con las estanterías del almacén, debes coger fuerzas.

      Ginny se quedó estática intercambiando la mirada de sorpresa entre la mujer y la fantasma. La señora de semblante serio no parecía sorprendida de nada, se dirigió al armario y sacó del antiguo mueble lo que parecía un uniforme de trabajo parecido al que ella misma llevaba, miró de arriba a abajo a la pelirroja y comparó la prenda con otras dentro del armario.
-Póntelo –tendió el vestido gris sobre la cama junto con un delantal que sacó de un cajón-. Date prisa.
La muchacha se limitó a asentir y a mirar fijamente la prenda encima del camastro.
-Dentro de un rato toca reunión de personal. Si quieres panecillos recién hechos más te vale darte prisa.
       La huraña mujer cogió una cesta cercana al armario y se fue volviendo a cerrar la puerta, pero esta vez no echó la llave.
-¿Quién era esa? –cuestionó Ginny en voz baja- ¿No te ha visto, verdad?
-No –musitó Adianey-. Es Miss Albury. Lleva mucho tiempo en el hotel. En su día fue humana, una de las muchas doncellas de la mansión que fue ganando ascensos, por así decirlo, y dudo que por los hechizos de Isobelle sea capaz de recordarme si me viera... Ahora sólo es un recuerdo congelado, como yo.
-¿La conocías antes de morir?
-Es una mujer supersticiosa, y supongo que si conserva ciertos recuerdos mezclados con su trabajo actual, sus supersticiones hayan aumentado con el tiempo.
-Ya, lo de las pelirrojas –murmuró Ginny-. Pero es consciente de que está...
-¿Muerta? No. Ya te lo he dicho y debes tenerlo muy presente, Ginevra; para Isobelle, el personal del hotel es un grupo de marionetas –se acercó a la muchacha con su rostro fantasmal más serio y posó una incorpórea mano en el hombro de la muchacha. Ginny volvió a sentir una extraña sensación, percibía un intenso frio con tan solo un roce-. Debo prepararte para algo más; Con el paso del tiempo he ido viendo de lejos cómo iban cambiando algunas cosas en el personal del hotel. Algunos son fantasmas, los sirvientes de mi época, como Miss Albury y otros más siguen congelados aquí, pero fallecieron el día que Isobelle desató una grandísima parte de su magia. Lo sentí desde lejos, almas perdidas, no sé si están todos ellos, pero sí una gran mayoría de los que conocí antaño... Y por otro lado, los humanos que como tú y tus amigos os aventurasteis sin saber, permaneceréis aquí con vida hasta que os consumáis. Isobelle se alimenta de esa energía vital. Podéis morir aquí y permanecer años como fantasmas, pero vosotros, los huéspedes, terminaréis desvaneciéndoos. Por eso debes irte cuanto antes.
     Ginny asintió levemente y se alejó del frio contacto del espectro para sentarse en la cama, que hizo un ruido muy desagradable, y se quedó con el ceño fruncido mirando la pared del fondo de la habitación.
-¿Puedes moverte por todo el hotel?
-Lo he intentado, pero parece que no puedo alejarme mucho de ti. Es lógico siendo la persona con la que he conectado.
La palabra «lógica» a esas alturas ya no tenía sentido alguno en Ginny. Sin embargo una pequeña parte de ella insistía en darse un pellizco y así poder despertar de lo que parecía una pesadilla.
-Intenta desplazarte todo lo que puedas –dijo levantándose para empezar a vestirse, tengo que encontrar a mi hermano y al resto.
El espectro se desvaneció y Ginny notó una leve brisa.
       Al cabo de un rato consiguió (sin saber muy bien cómo) meterse a toda prisa en el extraño vestido de agobiante cuello de encaje y faldones con mucho vuelo, refajos y enaguas, se abrochó un par de botas marrones y se acomodó las mangas y el mandil que le cubría hasta el torso anudándoselo en la espalda. La última prenda que quedaba en la cama era una cofia blanca con encajes a juego con el uniforme.
-Debe de ser una broma –murmuró la chica tomando la prenda en las manos y acercándose al espejo, se la puso en la cabeza y terminó de confirmar lo que pensaba de toda la indumentaria-. Estoy ridícula...-se movió de un lado a otro observando cómo la falda le tapaba los pies. Si minutos antes sintió frio en ese triste cuarto, la nueva indumentaria le sofocaba-. Al menos puedo respirar.
En ese instante Adianey volvió a materializarse.
-Lo siento, no puedo moverme más allá de los muros. Al parecer la energía de la medalla me lo impide. No puedo salir del hotel si tu sigues dentro ni avanzar más de un piso.
-Bueno, no pasa nada. Creo que será mejor que permanezcamos juntas y me vayas dando algún que otro consejo sobre la gente del hotel y lo poco que recuerdes.
-De acuerdo, pero será mejor que hagas la cama, Ginevra –señaló la fantasma rozando las sábanas- Son muy estrictos con su personal y el desorden.
-Vale. Lo último que quiero son problemas por estas minucias.
    Mientras la pelirroja hacía la cama con prisa se preguntaba a quién pertenecerían los otros dos colchones. A la vez notaba el desesperado intento del espectro por asir algún objeto cercano como una de las sábanas para ayudarla a hacer la cama.
-No hace falta que me ayudes.
-Pero debo intentarlo Ginevra.
La pelirroja estuvo un instante reflexiva.
-Oye, Adianey, dices que durante el tiempo que estado inconsciente y mientras te estuviste manifestando anoche, tuviste la oportunidad de conocerme mejor... ¿Cómo?
-Pues, forma parte de la invocación y la conexión con la medalla. Simplemente, pedí saber a qué tipo de mortal me manifestaba. Fuiste la primera en notar mi presencia y simplemente me llegaron pensamientos y recuerdos de tu persona.
-Entonces, deberás saber que prefiero que me llamen Ginny –dijo mostrando una media sonrisa por primera vez desde que despertó.
-Oh, intentaré corregirme –musitó algo avergonzada la fantasma.
Fuera de la estancia se volvieron a escuchar pasos agitados. Llamaron sonoramente un par de veces. De nuevo era Miss Albury con tono agitado:
-Vamos niña, ¿ya has acabado?
-S-sí –respondió Ginny alisando la gruesa colcha de la cama.
-Pues venga, abajo.
     Por un momento a Ginny se le aceleró el corazón al cruzar el umbral de la puerta, pues ya no sabía cuán cambiante podía llegar a ser el hotel después de los recuerdos de la otra noche. Tomando aire siguió a la mujer.
Al girarse para cerrar la puerta observó cómo Adianey traspasaba la pared estampada pasando completamente desapercibida.
-Parece que Miss Albury es mi supervisora –dijo en completo susurro-. ¿Es muy numeroso el personal de hotel?
-Bastante, depende de la época –respondió el espectro tomándose la libertad de usar un tono más elevado comprobando que no causaba ningún efecto en Albury-. Mis sirvientes eran numerosos, veintiuno, sin contar con los trabajadores de la hacienda y las plantaciones, los cuales no he visto a ninguno. Debe de haber más gente al mando. Como los amos de llaves. Pero no creo que Isobelle confíe verdaderamente en nadie. Nunca he podido permanecer aquí lo suficiente, cuando estaba a punto de obtener nuevas pistas de lo que pasa aquí dentro, volvía a aparecer en mi tumba. Quizá ahora pueda averiguar más.
       El camino hasta la amplia cocina fue largo, puesto que Ginny pudo comprobar que las estancias del servicio del hotel se encontraban en los pisos superiores del ático. Bajaron infinidad de escaleras introduciéndose en estrechos pasadizos al parecer solo eran usados por el servicio. Eso último lo intuyó porque recorrieron un par de pasillos amplios muy bien cuidados en la decoración pero no vio a nadie, ni un alma (nunca mejor dicho). Supuso que si la calidad o el aspecto decaían seria porque esas zonas serían las frecuentadas por el personal y ocultas a los huéspedes. Casi se mareó con las estrecheces y el apagado papel pintado de la pared. De vez en cuando miraba de reojo a Adianey o se sujetaba la holgada falda del vestido para no tropezar.
        Las ventanas ya no estaban entablilladas en ningún lugar por el que pasó. Eran amplias y dejaban entrar la misma luz grisácea que en el cuarto, pero el hecho de que las cortinas estuviesen también abiertas le animó un poco.
      Parecía que el camino no terminaría nunca hasta que de pronto le llegó olor a pan tostado y a algo dulce. Dentro de la cocina se escuchaba un monótono murmullo y el borboteo y el crepitar de un fuego. Era muy espaciosa y tenía dos grandes y alargadas mesas en el centro, estaba abarrotada de objetos antiguos y peroles, por lo que a Ginny le parecía, daba la impresión de que la cocina podía haber estado expuesta en un museo y que la gente que n ese momento se reunía allí eran maniquíes, o que acababa de ser sacada de un cuadro.
      La estancia a su pesar estaba a su gusto abarrotada, no sentía preparada para ser analizada aunque fuera brevemente por esos ojos; unos sentados en una amplia mesa de madera terminando de desayunar y otros recogiendo y limpiando. Había diez personas pero le parecían cien, todos iban vestidos de la misma forma con traje de servicio y parecía que había gente de varias edades, pero en su mayoría jóvenes, y entre esos jóvenes pudo reconocer a cuatro: Harry estaba junto al alfeizar de una ventana alisándose la chaqueta, Draco le sacaba brillo a sus zapatos sentado en una silla, Hermione cortaba hogazas de pan y las servía a los tres jóvenes comensales que quedaban sentados en una de las mesas y Luna fregaba unos platos en un barreño.
        Eran ellos, pero a la vez le parecían extraños, no solo por la indumentaria, sino por cuán relajada e impasible eran las breves miradas que la ofrecieron. Todos eran un calco entre unos y otros. Las muchachas llevaban la misma prenda que Ginny y los chicos estaban peinados muy elegantemente con el pelo hacia atrás, por lo que esa situación la entristeció y a la vez le pareció algo cómica, sobre todo si añadía al fantasma que seguía detrás de ella analizando la estancia de la misma forma.
-Buenos días –fue lo único que pudo decir. Todos saludaron con una especie de reverencia con la cabeza.
-Hola, Bonnie –saludó una muchacha rubia sentada a la mesa-. ¿Cómo te encuentras?
-Bien, gracias –mintió y se sentó enfrente del grupo sosteniendo la mirada de preocupación de Hermione en ese momento.
-Vaya susto nos dimos anoche –siguió diciendo la primera muchacha.
-Pero es increíble que estéis ilesos –comentó un chico moreno que estaba a su lado.
-Ya sabes, Brooks –contestó esta vez Harry al fondo con ánimo-. No hay alacena o almacén que pueda con nosotros.
      El chiste malo hizo reír a los cuatro hombres que allí se hallaban, el cuarto era un señor alto y corpulento que removía un caldero en un extremo de la cocina. Ginny intentó por todos los medios disimular su cara de incredulidad ante el comentario.
-Menudo estás hecho, Radcliffe –contestó el tal Brian levantándose.
¿Radcliffe? –Pensó la pelirroja- Pero eso es un apellido, ¿no?... -analizó largo y tendido al chico que ya no seguía poseyendo sus gafas y tenía una expresión cordial.
-Os dije que debimos ir a recoger las cajas por turnos –protestó Hermione esta vez dejando el cuchillo de cortar pan en la mesa- ¿Bonnie, seguro que te encuentras bien?
     Ginny no pareció escuchar la pregunta, de nuevo volvió a estar absorta en el nuevo Harry.
-¿Bonnie?
-Ginevra –susurró Adianey.
¿Ah, es a mí? –Pensó ladeando la cabeza- ¡Sí, espera, que ahora soy Bonnie!
-Sí, de verdad, podré trabajar en cuanto coja fuerzas en el desayuno.
-Es que me siento mal, fui yo la que te pidió que me acompañases a recoger el género y tú te llevaste el peor golpe.
-Cierto, vaya golpe debe tener en la cabeza, señorita Wright –comentó Brooks de nuevo.
¿Señorita Wright? –contuvo el impulso de arquear una ceja.
-Anoche no escuchaste tu nombre completo, ¿verdad? –preguntó Adianey a sus espaldas. La aludida negó con la cabeza en señal de respuesta a ambas cuestiones.
-La verdad es que –intervino de nuevo Ginny suspicaz- no me importaría que me refrescaseis la memoria de lo ocurrido anoche... ¿Me desmayé?
-Fue un lio –comentó una voz aguda y cantarina a sus espaldas. Luna se secó as manos con un trapo y se sentó en la silla de al lado.
-Bueno –empezó a explicar Hermione-, al principio estábamos; Evanna, el señor Radcliffe, el señor Felton, tú y yo en el almacén. Cada uno buscando una cosa distinta, ya sabes el ajetreo que hay durante los preparativos de la cena. Fuera hacía un viento tremendo y el techo del almacén ya estaba muy mal. De repente escuchamos cómo una gran pila de cajas chocaba contra otra que dio con una viga y a partir de ahí se cayeron un par de trozos del tejado y del género almacenado como en una cadena. Con tan mala suerte que te cayó un trozo bastante pesado del techo.
-Madre mía –Ginny solo se preguntaba quién sería quién en toda esa historia. Por descarte intuyó que la tal Evanna era Luna y el tal Felton debía de ser Draco.
-Nos alegramos de que se encuentre bien señorita Wright –señaló el cocinero del fondo haciendo una inclinación que imitaron Harry, el tal Brooks y Draco.
-Ayer definitivamente no era un buen día de trabajo –intervino este último frunciendo el ceño-, yo salí del almacén con un corte bastante feo también.
-Vamos, Felton, puedes fardar entre las damas e inventarte una historia de cómo te hiciste el corte –comentó Harry.
-En definitiva –siguió narrando Hermione, de la cual esperaba que alguien dijera su nombre tarde o temprano- en ese momento no te desmayaste pero no tenías muy buen aspecto. Al cabo de un rato pediste un descanso y fue aquí donde al final te desmayaste y entre los señores te llevaron a la estancia.
-Les doy las gracias por ello –dijo Ginny con una extraña timidez.
-La caballerosidad que no muera dentro de los muros de este hotel –comentó la sexta mujer que había en la estancia que parecía más mayor que las cuatro chicas pero no más que Miss Albury, quien en ese instante se hallaba sacando brillo a una tetera sin decir nada con el ceño fruncido.
-Lamento decir que no fuimos nosotros, señorita –señaló Brooks- La socorrieron el señor Dinlake y el señor Stone.
¿Y quién diablos son esos? –se preguntó Ginny algo angustiada,
Por lo que pudo notar la joven Weasley mientras tomaba un extraño desayuno, el hechizo había surtido efecto en sus compañeros de viaje de una manera muy eficaz sin dejar nada suelto. Sólo había una cosa que la reconcomía de todo aquello, y se trataba de dónde estaba su hermano y qué papel ocupaba en toda esa historia.
    Siguieron hablando de las malas condiciones en las que se hallaba el patio trasero del hotel y el almacén y de lo necesario que era reparar y ordenarlo todo lo antes posible.
     Era como si todos se conociesen de siempre, tenían una extraña forma de hablar que para Ginny no cuadraba ni con la actual ni con la del siglo al que correspondía a la casa. Y lo que más le irritaba era que ninguno de sus acompañantes dijo en ese rato su nombre completo ni dio pistas de ello ni de dónde estaba el sexto chico de cabello pelirrojo que se suponía debía ir con los jóvenes.
Frustración.
    Recorrió infinidad de veces la estancia con la mirada con el mismo desconcierto como lo había hecho en el cuarto donde despertó. Y se vio sobresaltada cuando escuchó abrirse la puerta del fondo, y ese sobresalto se convirtió en ira al observar a Zyron Burke aparecer por la puerta.
-A ver, señoras y señores, reunión de personal –exclamó cansinamente Miss Albury.
     En ese instante todos dejaron sus quehaceres y se pusieron en fila alrededor de las mesas, mientras, por la misma puerta por la que apareció Zyron entraron otros diez empleados.

Continuará